Llego a su casa esa noche lluviosa, dejo su abrigo en el perchero que permanecía en la entrada desde hacia ya unos dos años cuando lo encontró en el mercado de las pulgas, atravesó el pasillo a oscuras hasta llegar al salón, se descalzo y se sentó en el sillón que estaba frente a la ventana con las cortinas corridas que dejaban entrar una luz hacia la parte central, donde se encontraba una mesa que recibía un cenicero atestado de colillas de cigarrillos y una copa de aguardiente.

Hacia un par de meses ella lo había dejado, recuerda esa noche, los dos acostados desnudos, ella sobre el jugando con su pelo, el boca abajo disfrutando sentir su sexo, no pronunciaban una sola palabra; dejaron que sus cuerpos hablarán por ellos y sus deseos los llevarán a ese orgasmo de caricias y besos, una entrega total para luego terminar sin aliento uno al lado del otro.

Lo que más le duele no es el hecho de haberle pagado 30 mil pesos y no haberse dado cuenta que se llevaba su reloj, lo que más le dolió fue haberla dejado ir con un pedazo de su corazón.

Ahora prende un cigarro, toma un trago de aguardiente y sale para atravesar las calles de esta ciudad, buscando en todas las mujeres a aquella que nunca podrá encontrar.